No era necesario entablar una conversación con el hombre de mirada tierna,  su presencia bastaba para captar la seguridad de su alma.

Ni necesité acariciarlo para hundirme en sus suspiros, ni escribí novelas en su nombre porque para el las palabras sobraban.

Con una postura elegante y unos ojos amables se ganó un espíritu que quizá no quería, pero con humildad le entregué, era la sencillez de su trato y sus manos fuertes las que hacían de su amor una perdición divina.

Un sin fin de pensamientos gratos rondaban por mi cabeza cada vez que me encontraba con ese hombre dispuesto a entregar un amor elegante a la mujer que supiese valorar su ingenuidad.

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