Con una taza de té recordó la primera pestaña que se cayó tras tu partida, con el alma deshecha se daba cuenta que ya eran cinco pestañas en tres días, su casa un mar de lágrimas, intentando  coser sus alas para aprender a volar otra vez, cada vuelo fallido era un quejido de dolor por sí misma, sus rizos llenos de historias dolorosas, un cuello que pedía a gritos que fuesen borrados tus besos, sin conciencia alguna se fueron cayendo esas pestañas fuertes y volteadas que adornaron los ojos que un día brillaron de tanto amor.

Y allí estaba la última pestaña, como una compañera aferrada, testigo de las noches que despierta se quedó lamentando la pérdida de tú calor, y cuando menos lo pensó  se cayó la guerrera, una lágrima de felicidad fue la culpable, producto del nuevo ladrón de las madrugadas.

 

 

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