Desesperada y con los ojos pesados estaba lista para recibir una nueva mañana, enredada entre las sábanas producto del frío de su cuerpo los segundos se congelaron al contemplar esas caricias vanas dueñas del calor de sus entrañas.

Con una taza de café, con los recuerdos a flote y la inmensa ciudad a sus pies. Podía volver a percibir las madrugadas con desayunos perfectos en la cama, la delicada mirada de sus ojos y las sonrisas que inundaban el cuarto.

Con dos lágrimas brotando por la cara una por tristeza y la otra de enojo, odiando la ingenuidad de su alma al caer con el equivocado, pretendiendo cambiar a un hombre que peca con los ojos cerrados, que se esfuerza por ser malo, intentando ser una luz y terminando como sombra.

Con el pañuelo en la mano, las ideas frescas, y la presencia del dueño de sus suspiros, despertó con una sonrisa al darse cuenta que solo había sido una pesadilla, que ella seguía de pie, la brisa del amanecer tenía otro dueño y los desayunos otros besos.

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