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La fría madrugada pero acogedora me hizo recordar a esas flores que un día me adornaron. 

Unas espinas hermosas sin un porqué invadían mi ser, no necesitaba caricias para vivir, acostumbrada a la frialdad, la soledad era el resultado. 

Un día alguien quiso tocarme, acariciarme, con una mente negativa, acepté. A un sendero desconocido entré, recuerdos y suspiros inundaron mis sentimientos escondidos, florecí. 

Me sentía viva, hermosa, halagada, descansada, en paz. La armonía curaba mis pensamientos, la locura manejaba mis sentimientos. Pasaron los días, las mariposas, las citas, y los besos. Algo raro ocurrió, las flores comenzaron a perder su color, la vida, la esencia, la desesperación era mi comandante, la duda mi asesora y la desilusión mi amiga. 

Nada cambió y todo empeoró, era el fin, mis flores cayeron, mis espinas quedaban al descubierto, sin embargo, aprendí a que sigo siendo flor aunque tenga espinas. 

Una vez logré florecer en cien años, tomé nota de lo aprendido y escribí. 

Cien años vivimos, una vez florecemos, por eso no hay que dejar que cualquiera nos haga florecer. 

Y si, soy un cactús. 

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